Si hubiese apostado, mis fichas hubiesen ido a Uruguay. Y hubiese sido una apuesta con el corazón y no con la razón. Porque, valgan verdades, el sentimiento sudamericano te jala y millones de latinos deseábamos el triunfo de los charrúas.
Sin embargo, en el fútbol no siempre gana el equipo con mayor simpatía –o al que le vas en el Ganagol–, sino aquel que hace mejor las cosas dentro de la cancha. Y ayer Holanda lo hizo todo bien, desde el minuto uno hasta el minuto 90. Jugó a la altura del rival. Jamás menospreció a un equipo uruguayo que salió a jugar el duelo con el cuchillo entre los dientes.
Impresionante lo de Robben, monumental lo de Sneijder, espectacular lo de Kuyt, preciso lo de Van Persie, vital lo de Van Bommel. Con su quinteto mágico, Holanda supo encontrar la fórmula para abrir la dura zaga celeste y facturó tres tantos que aumentan su racha de imbatible.
Antes, durante y después del partido, los hinchas holandeses se tomaron hasta el pulso. Miles de botellas y vasos de cerveza quedaron regados por Main Road, la vía que bordea el Atlántico en esta bellísima Ciudad del Cabo. Y en fin, para los de la Naranja Mecánica un trago de más se justifica porque su selección se metió en su tercera final de Copa del Mundo.
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